El «maratón Guadalupe – Reyes» es como muchas personas conocen a la época en que inician y terminan las celebraciones de fin de año: del 12 de diciembre, Día de la Virgen de Guadalupe, al 6 de enero, Día de los Santos Reyes, y que incluye a las posadas, la Navidad, el Año Nuevo y culmina con la Rosca de Reyes.
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Sin embargo, el ciclo de las festividades navideñas realmente culmina el Día de la Candelaria, el 2 de febrero, la fecha en la que, según la tradición, a quienes les tocó la suerte de encontrar al muñeco que representa al Niño Dios en la Rosca de Reyes, deben invitar los tamales. Pero, ¿por qué se comen tamales el 2 de febrero?
Esta tradición se remonta los inicios del sincretismo cultural que comenzó la conquista española, a inicios del siglo XVI, y al igual que otras, como el pan de muerto en las ofrendas de noviembre, fusiona elementos prehispánicos con otros de origen español.
Un platillo ancestral
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De acuerdo con la Secretaría de Cultura, una de las primeras referencias se encuentra en el testimonio de fray Bernandino de Sahagún, quien en su relato Historia general de las cosas de Nueva España, apuntó que el tamal estaba ligado a los festejos en honor a ciertos dioses, durante los 18 meses que conformaban el calendario mexica.
En algunas ceremonias y fiestas, las personas solían consumir tamales y colocarlos en los altares como ofrenda a divinidades como Coatlicue, Tezcatlipoca o Huitzilopochtli, en los días cercanos al 2 de febrero a los dioses del agua, conocidos como tlaloques, para solicitarles un año de lluvias y buenas cosechas.
Este rito coincidía con el Día de la Candelaria en el calendario católico, que conmemora la purificación de la Virgen María y la presentación del Niño Jesús en el Templo; en esa fecha se acostumbra llevar a la figura del niño, junto con velas o candelas (de ahí el nombre de la fecha) para ser bendecidos.
El uso ritual persistió
Con el paso del tiempo, la evangelización se impuso y el culto a las deidades prehispánicas desapareció, pero el consumo ritual del tamal persistió. Incluso, su misma preparación no escapó a la influencia de los españoles, ya que la manteca de cerdo que hoy se usa en su elaboración fue un ingrediente que los conquistadores trajeron de Europa y que en América no existía.
Asimismo, cada región adoptó una forma propia de elaborar este platillo. Por ejemplo, en Huejutla, ubicado en la Huasteca hidalguense, se prepara el tapataxtle, un tamal de 50 o 70 centímetros de largo para contrarrestar las acciones de la brujería; en San Luis Potosí se elabora el zacahuil, un tamal grande envuelto en hojas de plátano que suele contener un cochinito o un ave enteros, y en Campeche el mucbipollo o tamal de pollo, pavo o puerco, se prepara para la ofrenda del Día de Muertos.
Información de El Heraldo.
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