No hay puntos en juego, pero los fracasos y decepciones constantes en anteriores procesos convierten al rival de turno en la única métrica real de su progreso. Cualquier convocatoria es un juicio público. Si el objetivo en 2002 y 2010 era el rescate del equipo, el técnico Javier Aguirre ahora busca también la reconciliación, imponerse a un nuevo fantasma que ha agotado la paciencia del aficionado. El margen de error es estrecho, porque perder o jugar por debajo del mejor nivel se siente como una afrenta personal para las miles de personas que asisten a los estadios, pero está acostumbrado a enfrentar este tipo de retos.
“Lo que buscamos es que el jugador mexicano saque ese extra ante circunstancias distintas, que demuestre estar capacitado para el gran evento que tenemos en junio”, afirma en conferencia de prensa desde Santa Cruz de la Sierra, la ciudad más grande de Bolivia, horas antes del encuentro ante la selección local en el cierre de la primera Fecha FIFA del año. “Bolivia es un rival de mucho respeto, lo vi en la eliminatoria. Nos va a poner dificultades, seguramente. Ya le dije al grupo que es muy complicado que jueguen todos, pero los entrenamientos sirven. Sólo entran 26 en la lista. Tenemos definido a un 80 por ciento.”
Aguirre sabe que el Mundial es su última gran batalla. Ya no tiene que salvar una eliminación prematura en la ronda clasificatoria, sino reconstruir una identidad que parece perdida. Habla con seriedad, pero no hay temor en sus pasos, sólo ese caminar pausado de quien ya ha visto llover fuego y sale de ahí con el paraguas intacto. Su gran desafío es amalgamar la experiencia de los principales referentes del Tricolor, como Raúl Jiménez y Edson Álvarez, con la energía de la juventud que pide pista sobre otros elementos, incluidos los de doble nacionalidad. Usa de ejemplo el caso de Marcelo Flores, nacido en Canadá, pero de padre mexicano, quien ha decidido jugar para el representativo de la hoja de arce.
Información de La Jornada.
